Arturo Garza Treviño y la seguridad de Nuevo Laredo

El Patinadero
Juan Antonio Montoya Báez

  “Elogio en boca propia es vituperio”, pero cuando el aplauso viene desde el púlpito presidencial de la “mañanera”, hasta el acordeón suena muy diferente. El dicho aplica cuando cualquiera presume ser muy “chicho” para la realización de alguna tarea, terminando en la deshonra o la burla pública cuando se intenta presentar como el más honesto, trabajador y perfecto personaje de ensueño.Esa clase de autoelogios se valen, acaso, cuando un novio asustado conoce a los suegros y es sometido al clásico e implacable interrogatorio familiar para medir si el muchacho tiene con qué responderle a la princesa de la casa.Sin embargo, en el alta política las cosas operan distinto. No estamos ante un festín de autoelogios, sino ante el peso de las palabras de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo, quien en su mañanera del pasado viernes 28 de agosto puso bajo los reflectores nacionales el drástico cambio que experimenta Nuevo Laredo; una ciudad que durante décadas estuvo injustamente estigmatizada, a nivel nacional e internacional, por sus crónicos episodios de violencia.Haciendo memoria, casi al final del sexenio de Eugenio Hernández Flores, en Tamaulipas operaba un taxista que inventó una especie de “turismo de la muerte”. Al hombre se lo ocurrió que, si en Hollywood existían choferes que llevaban a los visitantes a recorrer las lujosas mansiones de las estrellas en Beverly Hills, él podía innovar explotando la desgracia local.Así fue como memorizó los sitios públicos donde se habían registrado ejecuciones de alto impacto; recorría las calles con pasajeros morbosamente atraídos por el culto a la parca, exagerando las historias del penal de la Loma, Arturo Garza Treviño y otros hechos de sangre con su particular folclor fronterizo para ganarse mejores propinas.El macabro negocio no tuvo gran éxito que digamos, pero la anécdota de este promotor del horror llegó hasta los oídos de la Secretaría de Turismo de aquel entonces.Después llegaron los sexenios de Egidio Torre Cantú y del prófugo Francisco Javier García Cabeza de Vaca, periodos oscuros donde las cosas no solo no mejoraron, sino que se hundieron en el fango con las ejecuciones de generales y hasta de alcaldes a manos de la delincuencia organizada.Por eso cobra una relevancia brutal lo dicho por la presidenta Claudia Sheinbaum la semana pasada. Al contrastar aquel pasado de pesadilla con las condiciones actuales de la frontera, arrojó una explicación matemática que merece ser analizada con lupa:“¿Qué ha pasado en Nuevo Laredo? Bueno, trabajo de la estrategia de seguridad y también mayor prosperidad para la gente”.Las palabras presidenciales sepultan la narrativa de la oposición y bendicen el éxito coordinado entre las fuerzas de la Federación y el Gobierno de Tamaulipas, encabezado por Américo Villarreal Anaya.Es en estas dos esferas de poder donde se concentran las atribuciones constitucionales y las verdaderas capacidades operativas para enfrentar a los delincuentes de alto calibre.Sin embargo, Sheinbaum Pardo no se limitó al discurso de los balazos y los policías; añadió un segundo componente vital: la prosperidad. Y es que la seguridad integral no solo se mide por el número de patrullas; se nota cuando una comunidad recupera sus espacios públicos, ilumina sus vialidades, moderniza su infraestructura, atrae inversiones multimillonarias y genera empleos dignos.Esas condiciones urbanas y económicas son las que inciden directamente en el tejido social y transforman la experiencia cotidiana de los ciudadanos.Los datos del cierre del primer semestre de 2026 no mienten y conviene desmenuzarlos. En la Encuesta Nacional de Seguridad Pública Urbana (ENSU) de junio pasado, el 26.5 por ciento de la población de Nuevo Laredo manifestó sentirse insegura, una caída drástica frente al 34.8 por ciento registrado apenas tres meses antes. Esta disminución de más de 8 puntos porcentuales colocó a Nuevo Laredo como la ciudad con menor percepción de inseguridad en todo Tamaulipas.Pero la realidad va más allá de las sensaciones, durante el primer semestre de 2026, la frontera registró la menor tasa de incidencia delictiva entre las principales cabeceras urbanas del estado, con apenas 22.5 carpetas de investigación por cada 10 mil habitantes, de acuerdo con las cifras oficiales de la Fiscalía General de Justicia.Son dos indicadores radicalmente distintos que los críticos de café suelen confundir: uno mide la actividad criminal que llega al escritorio del ministerio público; el otro mide algo profundamente cotidiano: el miedo o la tranquilidad de una madre cuando sus hijos salen a la calle.La percepción se construye desde la banqueta: una calle pavimentada y alumbrada transmite orden; un parque rescatado y lleno de familias arrebata terreno a las conductas antisociales. Y en esa trinchera del día a día, el gobierno municipal es la autoridad que da la cara.Por ello, sería un error metodológico atribuirle al municipio la estrategia de seguridad federal y estatal que la presidenta reconoció. Pero también sería un acto de mezquindad e ignorancia omitir el papel que desempeña la administración encabezada por Carmen Lilia Canturosas Villarreal.Su gobierno se echó a cuestas la reconstrucción del entorno urbano, los programas sociales y la certidumbre económica que devolvieron la vida a Nuevo Laredo. Eso es, justamente, lo que la presidenta sintetizó como “mayor prosperidad para la gente”.A unas cuantas horas de que Carmen Lilia Canturosas rinda su informe de cara al arranque de un nuevo ciclo, los números hablan por sí solos. No hay espacio para autoelogios ni vituperios; la delincuencia se combate con estrategia en los cuarteles, pero la seguridad verdadera se construye haciendo ciudad en las calles.Bueno, por hoy es todo.
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